Buscamos lo que no existe, queremos encontrar y pagar el precio por lo que no hayaremos. Creamos metas, todas con la promesa de encontrar en ellas nuestros anhelos, esos motivos que nos levantan a diario y que justifican nuestro transitar a en este camino, y al alcanzarlos necesitamos seguir buscando porque nunca hayaremos lo que realmente buscamos.
Nuestra verdadera meta es el cielo mas buscamos lo que creemos que significa en medio de las cosas y lo que llamamos triunfo . Hay unan buena noticia, El cielo ya se nos fue dado, nos pertenece, es la única meta real, y lo encontrará quien lo busca con consciencia y aquel que no le ha reconocido también, pues hace parte de la voluntad el que nos encontremos en el instante presente donde mora eternamente,y que todos sus hijos la encuentren.
Nuestra mente se abre a la verdad y allí triunfaremos porque ya está dispuesta desde la eternidad.
Práctica:
Con los ojos cerrados y en plena tranquilidad busca diez minutos en tres ocasiones del día y en silencio di:
“Pido que se me conceda ver un mundo diferente y tener pensamientos distintos de aquellos que inventé.
El mundo que busco no lo construí yo solo, y los pensamientos que quiero tener no son los míos.”
Durante varios minutos observa tu mente y contempla, aunque tus ojos estén cerrados, el mundo insensato que crees que es real. Revisa asimismo los pensamientos que son compatibles con dicho mundo que tú crees que son verdad. Luego descártalos y deslízate por debajo de ellos hasta llegar al santo lugar donde no pueden infiltrarse, Debajo de ellos hay una puerta en tu mente, la cual no pudiste cerrar completamente cuando quisiste ocultar lo que se encuentra más allá.
Busca esa puerta hasta que la encuentres. Pero antes de tratar de abrirla recuerda que nadie que se proponga alcanzar la verdad puede fracasar. Y es esto lo que estás pidiendo que se te conceda hoy. Nada excepto esto tiene ahora significado; ahora no valoras ni persigues ninguna otra meta, no hay nada que se encuentre a este lado de la puerta que realmente desees y sólo andas en pos de lo que se encuentra detrás.
Empuja la puerta, y ve cuán fácilmente se abre sólo con tu intención de cruzarla. Allí ángeles alumbran el camino, disipando toda oscuridad, y tú te yergues en una luz tan brillante y tan diáfana que puedes entender todo lo que allí ves. Un breve momento de sorpresa, tal vez, haga que te detengas antes de que te des cuenta de que el mundo que ves ante ti, en la luz, refleja la verdad que siempre has conocido y de la que no te habías olvidado totalmente mientras vagabas en sueños.
Hoy no puedes fracasar. Contigo va el Espíritu que el Cielo te envió para que algún día pudieras aproximarte a esa puerta y deslizarte fácilmente con Su ayuda más allá de ella hasta llegar a la luz. Hoy ha llegado ese día. Hoy Dios cumple la promesa que antaño le hiciera a Su santo Hijo, y Su Hijo recuerda la que le hizo a Él. Éste es un día de júbilo, pues hemos llegado al lugar y momento señalados en los que encontrarás el objetivo de toda tu búsqueda aquí y de toda la búsqueda del mundo, las cuales finalizan al unísono al cruzar tú el umbral de esa puerta.
Recuerda tan a menudo como puedas que hoy debe ser un día de especial gozo, y abstente de abrigar pensamientos desalentadores y quejas banales. La hora de la salvación ha llegado. Hoy es el día señalado por el mismo Cielo como un tiempo de gracia para ti y para el mundo. Si te olvidas de este feliz hecho tráelo nuevamente a tu conciencia repitiendo lo siguiente:
“Hoy busco y encuentro todo lo que deseo.
Mi único propósito me lo brinda.
Nadie que se proponga alcanzar la verdad puede fracasar.”
